Viernes, 29 Marzo 2019 13:31

Una historia de cocodrilos

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Sergio Balaguera


Aficiones:

Tocar guitarra

Comida colombiana favorita:

Arepa con queso

Nacionalidad

Colombiano

Todos los niños alguna vez en la vida nos apasionamos con algo, bien sea con Spider-Man, una pista de Hot Wheels, el perro o el gato. Sergio Balaguera Reina no nació en el Caribe y jamás en la vida había visto un cocodrilo —los niños de Boyacá están distantes de cualquier caimán —; sin embargo, toda su atención estaba enfocada en esos animales. Sergio, a sus 34 años, siendo un experto investigador, los describe como animales imponentes e imita la corporalidad reptilinana curveando sus brazos y frunciendo el ceño, con la misma pasión de cuando era el niño de Sogamoso con afición a los reptiles.


Los niños soñamos y nos interesamos por mil cosas. No obstante, al crecer empezamos a hacer un balance de los pros y los contras y mutamos nuestros intereses. Sergio fue la excepción: permaneció firme.

Se hizo adolescente y su interés por la biología en general se acentuó. Estudio Biología Marina en Bogotá, en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde cursó los primeros seis semestres para luego instruirse en campo, con cercanía a su foco de estudio, en la sede de esa misma universidad en Santa Marta.

Allí, tuvo contacto con el mar, con su fauna y su flora, pero la lista de cocodrilos vistos seguía en cero. La pasión anfibia aún lo rondaba.

 

se podría deducir que Sergio, como cuando era niño, en las noches de insomnio no contaba ovejas sino caimanes.


Luego de ir a Costa Rica a una pasantía semestral, Colombia lo esperaba con toda su riqueza natural y sus meollos. Mientras retomaba sus estudios, se hizo guardaparques en Vía Parque Isla de Salamanca, un parque natural que permite divisar la conectividad entre ciénagas, manglares y playas entre Cartagena y Barranquilla. Caminando orondo y despreocupado, pasó lo esperado por cerca de dos décadas:

“Yo iba caminando por una de las zonas de tránsito del Parque que colinda con un caño que se llama Caño Clarín Viejo… Cuando sale un animal gigante, con más de tres metros. Era imponente, poderoso”, describe.

—¿Qué sintió al verlo? Le pregunto.

—No sentí miedo ni vulnerabilidad, sino interés. Era un animal con demasiada presencia.

Se miraron a los ojos y, así como los seres humanos se conectan afectivamente con la mirada, Sergio Balaguera, a sus 21 años, y el caimán Aguja hicieron clic.



Luego de ese encuentro, Sergio empezó a interrogar con insistencia a los biólogos del Parque:

¿Cuántos son? ¿Dónde están? ¿Cuál es su importancia en este ecosistema? ¿Cómo inciden ellos en la sostenibilidad del territorio? Pero los biólogos carecían de respuestas, porque la única información entregada era que los caimanes sí se aparecían en el parque, que se dejaban ver con frecuencia.

Se acortan las brechas

En el tiempo restante como guardaparques, Sergio se volcó a ellos, caminó las zonas y exploró con continuidad los manglares. Con asombro, observaba los desplazamientos de los cocodrilos, ya que el animal con el que se cruzó la primera vez era solo uno entre muchos.

Con el ánimo investigador caldeado, identificó su importancia como constructores de puentes hídricos. “En épocas secas, cuando ya no llueve, las lagunas tienden a desconectarse y son los traslados de los reptiles los que resguardan la conectividad de las aguas, pues su paso crea zanjas en la superficie. Esa función la vislumbró mientras era guardaparques.

 

 “También, Los cocodrilos cavan en las orillas de los cuerpos de agua los cuales se llenan en ciertas épocas del año atrayendo consigo peces tortugas etc".

 

El número de roles de los cocodrilos en un ecosistema son bastantes, por eso decidí hacer mi trabajo de grado sobre ellos, porque la producción de conocimiento sobre ellos es casi nula”, agrega.

 Empezó a buscar personas con su mismo interés y encontró a Giovanni Ulloa, biólogo experto que adelantaba trabajos de investigación con caimanes Aguja (Crocodylus acutus) y quien lo convidó a trasladarse al norte de Córdoba, en Bahía Cispata.

“Allí me entrené en la manipulación de reptiles, ese fue el mayor aprendizaje. Una cosa es mirarlos de lejos y admirarlos, pero otra muy diferente es manipular animales de más de dos metros. Aprendí a perderles el miedo, pero jamás respeto. Si tú vas de manera deportiva a atrapar un cocodrilo, es muy posible que te haga daño”, aclara.



Nuestro profe Unibagué continúa: “El biólogo Ulloa me enseñó bastante, pero aún más su equipo de trabajo. Junto a nosotros estaba gente local, baquianos que eran excazadores de cocodrilos que me instruían en cómo capturar, cómo pararme y cómo no hacerlo, trucos que guardo y empleo a la fecha.

“La cantidad de adrenalina que se manifiesta al capturar a un cocodrilo hizo que me gustara más la investigación, esa posibilidad de hacer ciencia y experimentar las sensaciones que se viven cuando se practica un deporte extremo me interesó muchísimo. Hay mucha adrenalina en una captura”. La vida académica de Sergio Balaguera está profundamente ligada a la aventura, al riesgo.


El niño se hizo doctor y referente mundial en lo que a cocodrilos se refiere

Empezó a publicar en revistas indexadas, viajó al Choco y en equipo con otros investigadores creó la fundación ProCat, donde trabajó seis años buscando herramientas que permitieran la conservación integral de la vida silvestre y su conocimiento con énfasis en conservación social.

Balaguera explica las tres perspectivas desde donde él aborda la conservación biológica:

“La perspectiva científica nos permite obtener la información necesaria para saber qué está sucediendo en los organismos, La social fomenta la interacción adecuada entre las personas con el territorio y su hábitat, y la gubernamental, si no hay gobernanza, si no hay lineamientos que resguarden, nada va a funcionar.

“Estas funcionan como un tridente: hacer todos los esfuerzos para entender qué pasa desde lo científico, capacitar y conectar a las comunidades para que no vean a los cocodrilos o jaguares como enemigos, sino como un ente más, con el que se puede convivir y que las gobernaciones e instituciones generen regulaciones reales. Ese fue mi trabajo en ProCat.


Luego de fundar Procat y trabajar desde los 22 hasta los 27 años, partió a los Estados Unidos a cursar su doctorado, que fue posible sin haber hecho maestría, por la cantidad de producción científica con la que contaba. En Procat, Balaguera era un intrépido científico riguroso con buen ritmo científico.

Su tesis doctoral la desarrolló en Panamá, incomunicado con el mundo, En un proyecto del Smithsonian Tropical Research Institute en Isla Coiba. Como su nombre ya sonaba por toda Colombia, estudiantes de la Universidad Javeriana, Universidad del Bosque, la UPTC de Tunja, la Universidad Jorge Tadeo Lozano y la Universidad del Quindío se sumaron a la intención de Balaguera de estudiar al caimán Aguja en tierras panameñas.


¿Y por qué en tierras panameñas?

Lastimosamente, el conflicto armado no permitía a los colombianos andar nuestro propio suelo. “En Colombia era muy difícil hacer ciencia y como biólogos es necesario hacer trabajo de campo. Tuve encuentros poco gratos con distintos grupos armados que restringían caminos”, comenta Sergio como quien no quiere dar largas al asunto y luego se muestra entusiasmado. “Volví a Colombia porque las condiciones son otras. Ahora se puede trabajar mucho mejor, indudablemente este país tiene una riqueza natural enorme”.

Sergio califica el obstáculo de la guerra para hacer ciencia como frustrante. “Es muy desalentador no poder investigar tu propia tierra, no poder determinar el estado de conservación de nuestras especies. Los tiempos han cambiado y por eso estoy en Unibagué, en Colombia”.

Sergio adelanta estudios con los caimanes Aguja en el parque Tayrona y se prepara para investigar los reptiles que deambulan en el Tolima. El niño que admiraba los cocodrilos hoy es un hombre enamorado de ellos y ha descubierto en los reptiles unos ingenieros que dinamizan la sostenibilidad de los ecosistemas acuáticos.

Por: Germán Gómez Carvajal, Productor de contenido, Unibagué.

 

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